Vistas a la página totales

Mostrando las entradas con la etiqueta novela. Mostrar todas las entradas
Mostrando las entradas con la etiqueta novela. Mostrar todas las entradas

jueves, 5 de noviembre de 2015

Rojo: La invitación

Capítulo X
La invitación

            Alobio y Rojo en muchas oportunidades se vieron la cara, y muchas veces intercambiaron palabras, amenazas, y propuestas, pero nunca llegaron a nada definitivo. Rojo siempre fue prudente, pues sabía que necesitaba mucho tiempo para asegurar su ciudad, armar los muros y fortalecerlos para soportar cualquier tipo de ataque, y crear su ejército, que sabía siempre sería inferior en número, por lo que era necesario que sea superior en la batalla.
            Por su parte Alobio solo consideraba a Rojo como un estorbo más, una pequeña tribu de insignificantes rebeldes que se negaban a contribuir con su reino, que se hacía supuestamente de autónomos e independientes y que por ello nada debían en cuanto a tributos. Pero lo que Alobio no se percató durante los años y años que sucedieron, es que esa pequeña aldea de Rojo creció, se estableció, se amuralló, y se armó hasta los dientes. Realmente pasó el tiempo y nunca Alobio tampoco pudo obtener datos precisos de lo que allá acontecía, pues enviaba a un pequeño contingente de su caballería y no regresaban, o enviaba a unos 20 o 30 soldados de a pie, para investigar y ver qué se hacía tras los muros y no retornaba ni uno solo y si otro grupo iba a ver qué le pasó al primer grupo, pues tampoco volvía. Y en eso Rojo tenía a los 50, un grupo selecto de hombres y mujeres que eran expertos en la lucha, sigilosos al punto que no se les oía y de muchísimos recursos en la batalla. También Doni Rojo, cuando salía de cacería y se encontraba con un grupo así, él solo y sin necesidad de ayuda eliminaba a todo el batallón.
            Esto comenzó a preocupar a Alobio, por lo que envió un obsequio muy valioso, más unos caballos –pues sabía que Rojo no contaba ni con muchos caballos, ni armas y carecía de muchas cosas más-, además de 3 hermosas doncellas que guiaban la carreta, pues sabía que si enviaba hombres esos morirían, pues Rojo ni rehenes tomaba.
            Efectivamente el truco tuvo sus resultados y fueron bienvenidas las damas y nada se les hizo a las mismas. Éstas vieron el pueblo y lo que ello significaba, y rogaron para quedarse, petición que fue aceptada. Alobio enviaba una invitación a Rojo a su castillo o incluso, que si fuese necesario el mismo Alobio vendía a la residencia de Rojo, pues quería tratar temas referentes a las alianzas existentes y las posibles. Rojo pensó mucho en la invitación y la aceptó.
            Dijo a Doni Rojo que se preparara y éste así lo hizo.
            Emprendieron su viaje ni bien unos días después de llegada la invitación y cabalgaron hasta los dominios de Alobio acompañados por los 50. Unos kilómetros antes de la ciudad, se detuvieron, bajaron de sus enormes caballos y dieron las directrices al grupo de los 50 para que esperaran allí, que regresaría al día siguiente. El grupo de los 50 acató la orden.
            Doni Rojo y su padre caminaron hasta llegar frente al castillo de Alobio. Allí solicitaron audiencias a los enormes guardias que se encontraban en la puerta, quienes no dudaron en atacarlos. Doni Rojo a los 8 que pretendieron prenderle los derribó rápidamente, pero no mató a ninguno. Los demás, más astutos, corrieron a avisar de la presencia de los visitantes, que hasta ese momento ni habían siquiera mencionado quienes eran, sino que fueron atacados sin más. Alobio no sabía tampoco quién o quiénes osaban audiencia sin previo aviso ni invitación alguna, pero le molía la curiosidad, además que siempre se destacó por su atención privilegiada y halagadora a cuál extranjero rondase por la zona, para extraerle toda la información posible. Por ello, rápidamente ordenó que los citados pasen.
            Al verlos de lejos ya conoció a los mismos y sabía de quienes se trataba, por lo que presurosamente ordenó a sus dependientes que preparen la mesa, y que se alejen los guardias, pues si bien temía de Doni Rojo, tremendo guerrero y enorme luchador, sabía que su padre era un hombre de principios y valores y que si aceptó su invitación habrá sido por alguna buena razón.

            Bienvenidos mis amigos, exclamó a gran voz Alobio, mi techo es el techo de ustedes, agregó. Rojo lo miró seriamente y Doni Rojo, bueno Doni Rojo no tenía otra semblante que el de un feroz guerrero, y daba mucho miedo estar a 5 metros de él, y pavor estar a menos de esa distancia. Rojo habló y manifestó a Alobio que aceptó con interés la invitación cursada, a lo que Alobio comenzó a balbucear muchas cosas, expresándoles durante horas lo bueno de sus alianzas con los demás pueblos de la región, de lo productivo de su tierra y su gente, de su ejército y de sus proyectos y finalmente, encaró a los dos visitantes diciéndoles que debían formar parte de la unión, dado que los romanos hacía tiempo estaban conquistando cuando pueblo está a su alcance y por el otro lado, los germanos y los bárbaros cada día se hacen más y más poderosos y también querrán estas tierras. Rojo escuchó, pero más que todo tomó muy en cuenta las entradas y salidas del castillo, la guardia, el ejército, los caballos, armas y cuanto dato sea relevante.
            Pasadas las horas, anocheció y se formó una fiesta importante. Los Rojos estuvieron solamente unas horas y luego se retiraron. Alobio les ofreció como 20 mujeres pero ellos rechazaron a todas, manifestando que se les estaba prohibido llegarse a otra mujer que no fuera su esposa. El rey Alobio insistió otras 20 veces más, e incluso envió a varias a los aposentos de éstos cuando dormían, pero no tuvo éxito alguno.
            Al día siguiente, bien temprano Rojo y su hijo se despidieron de cuanto ser estuviese despierto, que por cierto no pasaban de 3 o 4 guardias y miembros de la corte. Era más que evidente que las tertulias acababan con todos ahí y nadie sobrevivía o despertaba sino hasta la tarde. No se preocuparon los visitantes de protocolo alguno y tomaron bien en cuenta lo acontecido.

Novela: Rojo

           



lunes, 16 de marzo de 2015

Rojo: La alianza del rey Alobio con Norast

Capítulo IX
La alianza del rey Alobio con Norast

            Luego de un tiempo de que Fatias hubiera sido asesinada, comenzaron a concentrarse con mayor ímpetu las muchas fuerzas del ejército de Alobio en las tierras de Blacres, en forma pacífica, pero demostrando que la alianza era muy poderosa.
            Desde lejos, cruzando el gran río, el rey de Norast, Posterien D´piono III, observaba cada paso que daba Alobio, considerándolo uno de los mayores enemigos y más peligrosos de la historia de su reinado. Posterien luchó bastante, no solo para salvaguardar al gran pueblo de Norast, sino también en conquistas desalmadas, eliminando de la faz de la tierra a cuanto pueblo pequeño se interpusiere entre sus pretensiones de rapiña. Cuando al tiempo escuchó que Alobio seguía esa misma línea y se tornaba a cada momento en un feroz contrincante, entendió que los tiempos de lidiar solo en esa región habían concluido, y que nada más cruzando el gran río encontraría a otra ave de rapiña.
            Norast era una tierra de mucha historia. Contaba con un ejército formado, con armas, caballos y grandes batallas. Su rey Posterien, descendía de un linaje de puros guerreros. Su abuelo había conquistado gran parte de esa zona, luchó y acabó con muchos enemigos, hasta que fue eliminado a traición por un grupo de rebeldes que se amotinaron contra el mismo en el mismo castillo de Norast. El padre de Posterien logró huir, armar otro ejército y luego de varios años, ocupar nuevamente el trono que por sangre y derecho le correspondía. Luego, falleció y tomó su lugar Posterien, quien también siguió luchando en muchas batallas.
            A diferencia del fuerte linaje real, los hijos del rey Posterien no tenían el mismo sentir, siendo indiferentes a los sacrificios del reinado. Los hermanos Sasterien y Lenstien no tenían valor ni condiciones, eran pueriles e ingenuos y les encantaba saborear de los placeres de todo tipo. Su padre no sabía cómo sacárselos de encima, por lo que luego de mucho reflexionar creyó oportuno aliarse con Alobio, lo que significaría en la región paz y tranquilidad, y a la vez, enviar a sus hijos a Caratope para que allí vean la diferencia que existe entre la residencia real y la simple hospitalidad de otros. Sin embargo, se equivocó en esto último, sin saberlo, pues Alobio adoraba a esos jóvenes y les hizo saborear los placeres más bajos, organizando banquetes abundantes, extensos, donde dos o tres mujeres no se les despegaban en toda la noche, exprimiéndoles a ambos hasta lo último del jugo del amor. Alobio los mimaba a ambos, dándoles todos los gustos, fiestas abundantes y de ese modo, hacía de los mismos lo que quería.
            Los hermanos no tenían un solo día de sobriedad, y causaban furor entre las doncellas del palacio, pues compartían con todas largas horas de amor, embriaguez, bailes, y ni bien amanecía, seguían con sus tertulias, recorriendo en más de una oportunidad todo el palacio desnudos, embriagados y teniendo relaciones en cualquier lugar. El palacio de Alobio no era tan grande como el Norast, pero sí estaba preparado para fiestas y lujurias. El servicio estaba acostumbrado a ese ritmo, pues el mismo Alobio alguna vez hacía exactamente lo mismo y éstos, pues eran funcionarios de primer rango que debían ser tratados casi del mismo modo que el rey.
            La alianza entre Alobio y Norast también prosiguió por el tiempo que Alobio reinó, y el ejército de Norast acudió las veces que Alobio lo requirió contra Rojo, pero al igual que siempre, Rojo se impuso a éstos, en varias oportunidades, terminando con los mismos. El mismo Rojo mató a Posterien, a sus hijos y demás descendientes en Norast, y Doni Rojo destruyó a su ejército privado de protección. 


Novela: Rojo



                                  
► No olvides registrarte en: 
VOTAPUBLICA.COM
En Twitter: @votapublica 


jueves, 19 de febrero de 2015

Rojo: La ampliación del territorio de los Rojos

Capítulo VIII
La ampliación del territorio de los Rojos

            Rojo comenzaba a observar que la población que inicialmente no comprendía más de dos o tres centenares de familias medianamente organizadas, de pronto se convirtió en una multitud de más de 8 mil personas, entre las que se incluían el pequeño ejército, los 2 mil más adiestrados en la lucha y los 50 especiales, llamados así por ser un grupo aún más selecto de guerreros, a cuyo cargo se encontraba la protección de Rojo y su familia. Definitivamente, en sus adentros reflexionaba Rojo, ese mísero pueblo de unas pocas familias, varios refugiados y exiliados, se transformó en toda una ciudad bien organizada, de hombres y mujeres laboriosos, sanos y fuertes, además de una seguridad máxima en cuanto a sus fronteras, si bien nunca había sufrido algún ataque importante.
            Fue a partir de allí que abrogó una serie de reglamentaciones que tenían que ver con el crecimiento poblacional, suprimiendo definitivamente aquello de la poligamia, por lo que cada hombre tenía derecho solamente a casarse una vez y en cuanto a las relaciones maritales múltiples existentes, pues quedarían tal cual estaban y se mantendrían así hasta la muerte. Pero para los jóvenes y aún solteros, o los casados una sola vez, pues deberían a contar desde ese momento seguir de ese modo, estándole vedado al hombre buscar otra esposa, lo que en general pareció bien, pues de hecho hacía tiempo que la poligamia en gran medida decreció, no solamente por cuestiones religiosas internas, sino que además para el hombre abocado a la seguridad de la ciudad, al trabajo en su estancia, a la cría de ganado, a la enseñanza de sus hijos, y sumarle a ello el mantener contenta a más de una esposa, se había convertido en una tarea imposible, por lo que no fueron pocos los que optaron por la monogamia, hacía ya mucho tiempo.
            También, viendo que el pueblo aceptó sin contemplaciones lo referente a la extirpación de la poligamia, pues Rojo decidió también suprimir la facultad inherente a las mujeres solteras, quienes gozaban de la potestad de elegir de entre cualquier hombre de la comunidad, salvo Rojo y su hijo Doni Rojo, sobre quienes pesaba otro decreto que les imposibilitaba tener hijos fuera de su matrimonio si pretendía acceder o seguir en el reinado y aplicable a cualquiera en ese orden, para la procreación. Así, cualquier soltera gozaba plenamente del derecho a exigir a cualquier hombre de su preferencia, no importando si estaba o no casado, a copular con el mismo a fin de que quede embarazada, sin que el hombre tenga derecho alguno sobre el niño. Eso permitió en su momento una gran cantidad de madres nuevas, que tenían capacidad suficiente para criar uno, dos y hasta cinco hijos, sin la intervención alguna de los padres respectivos.
            Rojo decidió derogar totalmente esa reglamentación, y allí sí encontró mayor resistencia, pues las damas no solamente tenían en interés la procreación sino que muchas veces por el deleite mismo se complacían con los hombres, hasta quedar en cinta, lo que podía en algunos casos significar encuentros no más tan casuales sino muy asiduos. Algunos casos llegaron para resolución hasta Rojo, debido a que estas relaciones se perpetuaban de un modo indebido, y las esposas se quejaban. Fueron pocos casos, y pronto se hallaban soluciones al respecto. Finalmente con la anulación de la norma ninguna soltera gozaba de ese privilegio y desde allí como todas, debía comenzar la ardua tarea de encontrar una pareja con quien contraer nupcias y engendrar hijos.
            Como aumentaba la población, también se acrecentó en gran medida la organización de la ciudad, en casi todos los aspectos, entre ellos, el que más interesaba era el de la seguridad, el del ejército y la defensa del pueblo. Y por supuesto, las provisiones no quedaban al margen.
            Los jóvenes rápidamente eran insertados al ejército según sus capacidades. Participaban tanto hombres como mujeres, indistintamente. La mayoría, grandes, fuertes y muy confiados en la guerra eran seleccionados para la lucha en general, en las contiendas en el campo. Los más pequeños, que eran muy pocos, inmediatamente según su destreza pasaban al cuerpo de los arqueros, aunque el hecho de ser pequeño de estatura no era óbice para que aquellos que no tenía la suficiente destreza en el campo finalmente formen parte de los arqueros. El entrenamiento comprendía muchas horas de formación e iban mejorando en sus técnicas de ataque y defensa, llegando algunos a considerarse como muy buenos. Los mejores, nuevamente eran seleccionados para participar de actividades que comprendían lo necesario para otro apartamiento y finalmente inserción al grupo especial de los 2 mil. Los 2 mil como cuerpo del ejército consistían en varias dotaciones de muy buenos soldados, aptos para la lucha en cualquier campo, muy bien entrenados, y capacitados por el mismo Doni Rojo durante años. Luego, si alguno de éstos nuevamente mostraba destrezas de excelencia, finalmente pasaba al grupo de los 50, que eran guerreros permanentes, de identidad secreta y expertos en la lucha, y en la supervivencia. Si un hombre del ejército común equivalía a 3 de cualquier otro ejército de la región, los del grupo de los 2 mil, equivalía a 10, y los del grupo especial de los 50, a 100 hombres comunes. Esto se daba porque en la mayoría de las dotaciones de aquellas ciudades limítrofes, la mayoría de sus componentes no estaban adiestrados suficientemente, y muchas veces apenas blandían la espada, pues su fuerza se computaba por el número de sus hombres y no por la destreza, a la inversa de lo que ocurría con el ejército de Rojo, pues la diferencia en número era grande y más convenía adiestrar a los pocos con quienes se contaba.
            También comenzó una muy extensa organización de la alimentación de todos los residentes en el pueblo, como de aquellos que se encontraban más distanciados y de toda la comitiva combatiente. Los campos comunes de abastecimiento proveían lo suficiente para todos y de las granjas particulares se recolectaba para las reservas. Éstas se guardaban en distintos repositorios que también durante el tiempo fueron acrecentándose ante la inminencia de la guerra. Se proveía a todo el pueblo de abundante leche, huevos y carne, y las legumbres formaban parte de la dieta semanal en cada vivienda. La provisión de pescado se realizaba por temporadas, respetándose de ese modo el crecimiento natural de los lagos existentes y del río circunvalante. Las frutas de estación correspondían a cada familia. El agua se transportaba de distintos modos y se abastecía a la comunidad de modo regular, como también se guarnecía lo necesario para las reservas respectivas. La administración ese sentido estaba totalmente fiscalizada por Rojo, desde un principio, y siguió de ese modo al punto de convertirse en una tradición constante.
            Por otra parte la planificación de las viviendas exigió no solamente de equipamientos de trabajo para la pronta expansión al respecto, sino también la prevención adecuada de más y más pobladores, que por año se acrecía de un modo significativo, y cada nueva familia requería vivienda y lo necesario para subsistir, cuestión con la que siempre se cumplió de modo regular y eficiente. Nuevos miembros de la comunidad, nuevas residencias, huertas y responsabilidades para todos.





                                  
► No olvides registrarte en: 
VOTAPUBLICA.COM
En Twitter: @votapublica 



jueves, 5 de febrero de 2015

Rojo: La alianza del rey Alobio con Blacres

Capítulo VII
La alianza del rey Alobio con Blacres

El rey Alobio fue hábil para someter a sus vecinos, tras distintos y fuertes ataques a las villas cercanas y en son de supuestos forajidos, hizo que en principio se fortalezcan ayudas mutuas para contrarrestar la inseguridad reinante, pero luego poco a poco, cada una de las ciudades limítrofes pues no le quedó más camino que aliarse y de ese modo evitar posibles o futuras disputas innecesarias con Alobio y su incontrolable sed de poder.
La ciudad pronto fue reestructurándose, fortaleciéndose en gran medida, gracias a a las alianzas formadas con la ciudad vecina de Blacres, un poblado pacífico de trabajo, arte y música, y además, con la ciudad también vecina de Norast.
Al principio pensó el rey Alobio en eliminar del planeta a la ciudad de Blacres, dado que la misma no contaba con un ejército importante, sino más bien con puros hombres cultos, apasionados por el arte y la música, filósofos y poetas, que en nada servirían para defender a su poblado, sino más bien serían simples víctimas de las feroces garras de los desalmados y violadores hombres del rey Alobio, que ya venían castigando a toda la región desde hace tiempo.
Pero recapacitó el rey, y pensó que no sería una estrategia del todo favorable atacar a un pueblo amistoso y sencillo, dado que no tan lejos, el reinado de Norast podría prestarles ayuda y finalmente defenderles, lo que generaría una guerra a la que ni Alobio ni los demás estarían de acuerdo en comenzarla.
Por ello, entablando distintas conversaciones, finalmente el rey Alobio convenció a la hermana del rey Fistious, para reunirse con el mismo y tratar temas de esa índole. Alobio había invitado tanto al rey Fistious, como a sus miembros de la corte, y otras parentelas en varias oportunidades para festejos y otras actividades, pero el rey Fistious no se apartaba de sus actividades rutinarias de encierro. Durante días, y hasta semanas, se encerraba en sus aposentos sin que nadie sepa qué hacía. Muchos decían que practicaba algún tipo de embrujo o magia, mientras que otros decían que se encamaba con sus doncellas y prefería que nadie los moleste. Algunos sostenían que solamente le gustaba meditar, siendo ésta última hipótesis la que más se ajustaba al carácter parsimonioso y pensativo del rey. Tuvo esposa pero no hijos varones. Solo un par de niñas. Eso también al parecer fue motivo de su aislamiento, dado que el trono no podría seguir su línea, a causa de no contar con hijo varón y posiblemente luego de su muerte ostentaría tal gracia divina Blastious.
Alobio sabía con detalles todo lo que acontecía, y al verse totalmente imposibilitado de llegar hasta el rey, pues sencillamente optó por otra vía. Fue así que especuló por los alrededores, hasta que finalmente en una de las comitivas enviadas del reino de Blacres a uno de sus agasajos, conoció a la única hermana del rey, Fatias. Ella era una mujer que se asomaba a los 40 años de edad, viuda y sin hijos, debido a que su esposo falleció en una de las pocas batallas que tuvo Blacres.
El rey Alobio al verla inmediatamente percibió la oportunidad que tanto estaba esperando, y efectivamente se lanzó hacia aquella mujer. Unas semanas después, se encontraba penetrándola y enloqueciéndola con regalos, halagos, ternuras y cuantas monadas fueran necesarios para conquistarla totalmente. La pobre cayó embrujada ante tantos halagos y regalos, y en cuanto a la necesidad que tenía de un hombre, desde hacía mucho tiempo y más aún que su reloj biológico se agotaba con los años, pues las solas insinuaciones del Alobio pronto le desprendieron toda prenda de vestir que tenía, y abrazó noches y madrugadas de candentes furias sensuales, que en más de las veces no estaban permitidas en una relación normal. Experimentó entonces la dama entrada en sus abriles de muchas novedades sexuales que ni se hubiera imaginado, brindadas en exclusividad por el mismo rey Alobio y en otras, cuando la embriaguez no permitía distinguir los miembros genitales de blancos o negros, de libres o esclavos, pues sencillamente el hambre voraz de una viuda solo se aplacaba con las copas rebosantes de esa alimentación carnal.
Fatias pasaba entonces no solamente semanas sino hasta meses en Caratope, lo que finalmente le permitió al rey Alobio a exigirle un favor para ambos reinos. Fatias no lo dudó ni un instante, pues creyó también que como las relaciones estaban muy bien compenetradas entre ambas ciudades, y prueba de ello ella podía brindarla, no sería por nada conveniente una guerra y en tal sentido comenzó su labor que pronto tuvo respuesta de su hermano, debido a que el citado no tenía desde hacía unos meses, ni siquiera un aliento uniforme, sino se lo veía más lejano de lo acostumbrado.
Eso no interesó en nada a Alobio, quien anunció a todos los vientos de la nueva alianza existente entre Blacres y Caratope.
Ello también justificó un festejo de 22 días de celebración en el castillo de Alobio, en donde de día y no che se proclamó a los aliados.
Esa alianza persistió hasta el final del tiempo del rey Alobio. Cuando Rojo invadió su ciudad y también la ciudad de Blacres, pues no requirió de dicho acuerdo, dado que ambas ciudades fueron tomadas.
Cuando Fistious falleció, Blastious también respectó la alianza y se unió al triunvirato que había sido creado después con el avenimiento a toda esa corriente por parte de Norast.
Un tiempo después que Alobio suscribiera la alianza con el rey Fistious, Fatias fue asesinada por el camino con la comitiva que le acompañaba, supuestamente por ladrones furtivos, pero es posible que el mismo Alobio mandó ultimarla. Su hermano, Fistious ni se enteró de lo acontecido, pues seguía en un encierro total y aun cuando se lo venía por el castillo, el mismo no hablaba con nadie, como practicando algún voto de silencio o similar, por lo que las noticias de lo que acontecía a su alrededor no le llegaban por ningún medio.





                                  
► No olvides registrarte en: 
VOTAPUBLICA.COM
En Twitter: @votapublica 

  

martes, 11 de noviembre de 2014

Rojo: Los primeros ataques

Capítulo VI
Los primeros ataques

A Rojo le preocupara la construcción del muro, dado que con ello podía resguardar parte de la población, pero también estaba muy centrado en la producción de alimentos, a fin que los pobladores gocen de buena salud y de un gran crecimiento.
Esa decisión la tomó exactamente cuando fue necesaria, dado que los pobladores efectivamente iban ganando mucha fuerza, principalmente los hombres, de buena altura y peso, como también las mujeres, quienes no se quedaban atrás en las faenas rutinarias a todos exigidas.
Otro frente que atacó estratégicamente Rojo fue la consolidación de una población numerosa y para el efecto fue necesario que el coito sea algo de todos los días. Los recién casados debían tener su primer hijo en no más de 9 a 10 meses, obligación impuesta por la sociedad, debido a lo imperioso de procrear que tenían. No interesaba mucho la edad de los contrayentes, con tal que puedan casarse. Las familias se apoyaban y el mismo Rojo había diseñado un modelo para la instauración de pequeñas viviendas, que luego se fueron fortificando poco a poco, con todo lo necesario para la subsistencia.
De ese modo, huerta, animales vacunos, porcinos, gallinas y conejos y demás que requiera la pequeña y emergente pareja era totalmente proveída por las familias y el mismo Rojo, quien de ese modo aseguraba el bienestar de todos. El resto ya quedaba a cargo de los esposos, quienes con dedicación y trabajo debían lograr fortalecer toda lo dote recibida.
Las solteras en principio no tenían ningún privilegio hasta que finalmente Rojo accedió a decretar que las mismas podrían elegir a un varón, soltero o casado, sin compromiso para el citado, a fin de colaborar para que la mujer quede embarazada. Eso fue un punto decisivo, si bien no había en ese tiempo muchas solteras, para que la población aún más crezca, y al igual que las parejas, las solteras tenían los mismos y quizás mayores beneficios, pues también se le brindaba una pequeña vivienda y lo necesario para la subsistencia.
Se agrandó la población con los asilados. Aquellos que rescató Rojo de las tribus atacadas y destruidas. Muchos niños, niñas y jóvenes abandonados y desolados. También mayores y en fin, todos eran bienvenidos, con la única condición de no imponer ningún tipo de creencia y a la vez, trabajar con la misma fuerza y entusiasmo por la edificación del muro con los demás nativos.
De ese modo fue consolidándose la estructura de defensa del pueblo, como también las numerosas gentes que a partir de un tiempo eran un número importante a considerar.
Poco a poco Rojo comenzó a llamar a los jóvenes, fuertes y hábiles, separándoles a los más pequeños y ágiles de los más fuertes y grandotes. También separó a los que realmente tenían bondades especiales formando los mismos parte de los 50, grupo especial de guardia y combate, y los menos dotados, de los 2.000, que fue otro ejército de combate también especializado, no tan bueno como los 50, pero de élite.
Los que no tenían condiciones para los 50, ni para los 2.000, terminaban siendo o parte del ejército común, o incluso de los arqueros. Fueron designados arqueros aquellos que no tenían tanta habilidad con la espada o que eran pequeños en estatura o complexión física. También las mujeres voluntarias eran arqueros, con muy buena adaptación.
Año tras año, Rojo seleccionaba a más y más jóvenes para la defensa en caso de existir lucha. Fue conformando poco a poco su ejército y cada quien tenía su lugar.
Doni Rojo [Doni] prácticamente desde muy joven ya era considerado un general. Con su enorme tamaño y los ojos de furia que mostraba cada vez que empuñaba una espada gigante o un martillo, hacían que todos los que estuvieran cerca de él tuvieran temor. También era integrante de los 50, aunque la identidad de los mismos era confidencial, pues tapaban sus rostros con máscaras u otros, a fin que nadie conozca sus identidades. Pero el tamaño siempre lo delató. Era el hombre –aún de joven- más grande en estatura que existía en la región, con fuerza de 5 hombres y la furia de 2 toros.
El rey Alobio no estuvo de acuerdo desde el principio que Rojo no pagara los tributos, como todos por la zona estaban obligados. Cuando Rojo se presentó ante el mismo, pensó que venía a suscribir algún tratado de paz o una alianza, como lo había hecho con los demás reinos del lugar, pero Rojo simplemente le manifestó que quería paz, y que no accedería a suscribir ningún acuerdo.
Entonces, metódicamente comenzó a dirigir su mirada hacia el territorio de Rojo, imponiéndoles a sus capitanes la orden de máxima dureza si encontraba a algún simpatizante del nuevo insurgente.
Sus pequeños ejércitos, más de reconocimiento que de lucha, fueron sorprendidos, totalmente, en los grandes bosques que cubrían el acceso principal al territorio de Rojo.
30 soldados a caballo fueron abatidos en minutos solo por Doni Rojo y otros 4 o 5 miembros del grupo de los 50, que se hallaban cazando por la zona.
Con crueldad y prácticamente destrozando a otros soldados, que en número superaban los 40 o 45, Doni Rojo no solamente les hundió el cráneo a cada uno y dio sus cuerpos a las bestias feroces de la zona, sino que les despojó de armas, caballo y todo lo que poseían, llevando para sus arcas, pues necesitaban de espadas y caballos, dado que el emergente ejército de Rojo no contaba con armas.
Volvió a enviar vario emisarios, mensajeros y soldados el rey Alobio, todos con armaduras, espadas y resguardados con una veintena o treintena de soldados. Pero eran los mismos soldados de guardia quienes salían despavoridos a correr por doquier, pues Doni Rojo con su sola presencia asustaba a cualquiera.
Esto puso de muy mal humor a Alobio. Golpeaba todo lo que encontraba y se sentía realmente molesto. No podía creer que todo lo que enviaba no regresaba.
Algunos les decían que eran bestias salvajes que ataban y realmente Doni Rojo podía considerarse como tales. Otros decían que eran emboscados por fantasmas o espíritus o cualquier otra superstición. La cuestión en definitiva era que el que iba no volvía, ni tampoco su caballo ni su arma, ni siquiera se encontraban rastros de los mismos.
El rey Alobio convocó en más de una oportunidad a sus aliados para el efecto.
Los mismos nunca le dieron ninguna respuesta. No les interesaba el tema. El territorio era enorme, y lo que pretendía Alobio era buscar lío donde a nadie interesaba. Esas tierras, si bien muy buenas para la agricultura, la ganadería y estando al borde del río, pues efectivamente eran muy tentadores, pero conocían que hacía años Rojo las ocupaba, además que estaba construyendo el muro, y de seguro tenía su ejército para defenderlo. Además, las historias sobre Doni Rojo traspasaban todas las fronteras, y en cada punto se acrecentaba más, llegando a medir para algunos ya 5 metros de altura.
No cesó de igual modo Alobio en su interés particular y empezó a dirigir mayor cantidad de hombres hacia la zona. Incluso proyectó un ejército de 3.000 soldados, pero luego desistió por los costos. Sin embargo, pasaban días enteros en los que pensaba únicamente en lo que acontecía detrás de los muros del territorio de Rojo.
Su preocupación no era vana. Efectivamente Rojo consolidaba cada día más sus defensas y su gente se multiplicaba como conejo.




                                  
► No olvides registrarte en: 
VOTAPUBLICA.COM
En Twitter: @votapublica 



lunes, 10 de noviembre de 2014

Rojo: el autoproclamado rey Alobio

Capítulo V
El autoproclamado rey Alobio

Con muchos sátiros, jóvenes irreverentes, vándalos y alguno que otro mercenario, Alobio centró sus actividades en hacerles favor a varias familias del pequeño pueblo de Caratope, a cambio de nada, en principio. Se distinguió enseguida como un líder y emprendió en más de una oportunidad varias campañas de ataques contra tribus vecinas, logrando el éxito y colocando todo el botín en medio del pueblo para repartir con todos. Eso gustaba mucho a los pobladores, de quienes se ganaba el aprecio, sin conocer los mismos que tras ese tesoro Alobio destruía a todos los que no aceptaban el pago de tributos impuestos por el mismo en forma arbitraria.
Poco a poco formó un ejército y de ese modo no existió nadie que le hiciera frente de ningún modo. Luego, mandó, a través de serviles y simpatizantes, que se reuniera al pueblo para debatir la posibilidad de elección de un gobernante, pero grande se sorprendió  cuando sus viles secuaces, esbirros, usureros, prostitutas y rastreros acompañantes lo erigieron por unanimidad como rey.
Rey Alobio...!!!, por aclamación y de ese modo, las atrocidades comenzaban una época propicia para los que con él comulgaban esa profesión de robo, destrucción y salvajismo.
La ciudad pronto fue reestructurándose y creció bastante. Fortalecieron todo ese crecimiento las alianzas formadas con la ciudad vecina de Blacres, un poblado pacífico de trabajo, arte y música, y además, con la ciudad también vecina de Norast. Ésta última contaba con un ejército formado, con armas, caballos y mucha historia, por lo que la alianza fue muy estratégica por parte del rey Alobio.
Las promesas de evitar conflictos entre las mismas, fortalecerse del mismo modo, ayudándose y generando beneficios para los pobladores, hizo apetecible para todos la conformación de esas alianzas, y Norast había soportado durante años diferentes guerras, por lo que por fin lograr la paz con un vecino peligroso, era bastante conveniente.
Se conformó un triunvirato, siempre reunido en Caratope, y presidido por el rey Alobio. Los hermanos Sasterien y Lenstien fueron conjuntamente los designados por su padre el Rey de Norast para conformar ese triunvirato, y el rey Alobio los mimaba a ambos, dándole todos los gustos, fiestas abundantes y de ese modo, hacía de los mismos lo que quería. Los hermanos no tenían valor ni condiciones, eran pueriles e ingenuos y le gustaba saborear de los placeres más bajos, por lo que se organizaban banquetes abundantes, extensos, donde dos o tres mujeres no se les despegaban en toda la noche, exprimiéndoles a ambos hasta lo último del jugo del amor, e igual tratamiento tenía el representante de Blacres, hombre melancólico, más culto y apasionado por la música, pero ello no fue óbice para exigirle al rey Alobio dos o tres doncellas al día, pues quería experimentar profusamente sobre la sexualidad, rompiendo en más de una oportunidad horas y horas de penetraciones nocturnas, desvergonzadas y ante el público.
El rey Alobio disfrutaba todo aquello, y era perverso en esas diligencias. Hacía lo propio para mantener a sus aliados con las expectativas de atracciones divertidas y escandalosas a cada momento, pero a la vez, también él escarbaba sus propios deseos y procuraba llenar su sed con las dulzuras dadas por expertas damas, oficiosas en el ámbito de las confidencias.
Por otro lado, no tan estratega como Rojo, el rey Alobio formó su ejército y exterminaba a todas las pequeñas tribus que se instalaban en lo que él denominaba sus límites territoriales. 
Exigía el pago de tributos, y cuando ya nadie podía pagar, entonces mandaba a sus destructores, quienes en forma abrupta degollaban a cualquiera que se les cruzaba, y violaban a las mujeres una y otra vez, antes de matarlas. A los niños y a las niñas encerraban en jaulas y los enviaban como esclavos y todas las pertenencias de los mismos traían como botín, que por supuesto, para esa época ya no repartían a nadie, acrecentando de ese modo las riquezas del rey.
Pronto, toda la destrucción sembrada por el rey Alobio hizo incluso temer a sus aliados, quienes jamás objetaron sus métodos y reforzaban los acuerdos, a fin de perdurar la paz entre los mismos, lo que en definitiva les convenía totalmente.
La mancha roja que veía con poca atención el rey Alobio en un principio y luego se fue convirtiendo en algo cada vez más preocupante tenía nombre. Lo que Rojo comenzó de la nada, de pronto se vislumbraba con más trascendencia entre los comentarios de los jefes del ejército, en la corte y entre los mismos aliados. Podría temérseles, cabría considerarlos como un peligro, cuántos eran, tenían ejército.
Pasaba el tiempo y las preguntas azotaban con más fuerza cada día. Muchos sostenían que no representaban ningún peligro, agricultores que a nadie molestaban. Otros, justamente por eso, exigían que paguen los impuestos como todos, pues esa región, si bien bastante alejada de la ciudad de Caratope, también formaba parte de los límites territoriales del rey Alobio.
El rey no tenía bien claro lo que haría con los mismos, pensaba y luego se ocupaba de organizar algún banquete con sus seguidores, y extasiado de eso, pues pasaban meses celebrando, olvidan dicha preocupación, hasta que volvía el tema al tapete.
Pero un día fue sorprendido por el mismo Rojo. 
Rojo se llegó hasta el castillo del rey Alobio y pidió audiencia, y de inmediato Alobio en persona salió a recibirlo, preguntándole a renglón seguido a qué se debía esa inesperada y extraordinaria visita. Rojo no dudó mucho en ir al grano y le manifestó su preocupación por su pequeño pueblo, rogándole que no inicie ninguna campaña de guerra contra los mismos, quienes no eran luchadores ni guerreros, solamente agricultores y ganaderos, trabajadores y hombres y mujeres aldeanos, que no molestaban a nadie. El rey lo miró fijamente y luego miró al techo, bajó de nuevo su mirada y se halló que sus aliados estaban al pendiente perfectamente de lo que se oyó por parte del que con ruegos venía. 
Así que endureció el corazón y su frente se ciñó, estiró la mano hacia su interlocutor y le dijo que olvidaba algo. Rojo sabía lo que el rey le diría, estaba muy al tanto de lo que acontecía y además no venía realmente a rogar ni a pedir piedad. Solo era una estrategia más dentro de las muchas que poseía.
El rey Alobio con voz fuerte, levantándose de una y dándole la espalda en forma metódica al visitante, le dijo en términos claros que olvidó todo lo referente a los impuestos, que todos en su territorio pagan tributos y que esa obligación, ni siquiera él tiene la potestad de eximirle a nadie, pues todos están obligados del mismo modo.
Rojo sonrió y replicó al rey, diciéndole con respeto, que ellos no formaban parte del territorio del rey, a lo que sucedió un silencio sacramental. El clima se tornó denso. Nadia habló por unos instantes. El rey volteó y nuevamente de frente a Rojo le dijo que lo que había dicho no se ajustaba a la realidad, y que allí terminaba la audiencia. Se retiró muy confundido.
Rojo celebró lo que hizo, pues tomó un amplio conocimiento de toda la organización interna del rey, de sus guardaespaldas y la seguridad, de sus aliados, de los dependientes y esclavos y otras cuestiones.
El rey por su parte, no pudo dormir varios días y ni una mujer podía lograr que se calmara sus graves preocupaciones. Finalmente decidió con los ojos coléricos, sin dormir de varios días, declarar la guerra a Rojo.







                                 
No olvides registrarte en: 
VOTAPUBLICA.COM
En Twitter: @votapublica 

domingo, 9 de noviembre de 2014

Novela: Rojo

"ROJO"

Trama
Rojo preocupado por lo que sería de su familia, ante los ataques e inseguridad reinante, decidió formar un pueblo con fortalezas suficientes para garantizar la paz, el orden y la seguridad de sus habitantes. 

Personajes por orden alfabético:
► Alobio: rey de Caratope.Leer más
Doni Rojo: hijo de Rojo, segundo rey, guerrero, gran guerreno, Murió joven, por problemas de salud. Tuvo cuatro hijos. El primero llamado Resoler. El segundo se llamó Ramseli. La tercera fue niña y se llamó Riasla Rojo, y el último se llamó. Leer más...
► Fatias: Hermana del rey Fistius. Quedó viuda muy joven y no tuvo hijos. Convivió algún tiempo con Alobio hasta que se suscribiera un acuerdo de paz entre Blacres y Caratope (Leer más...). Un tiempo después fue asesinada.
► Fistious: Rey de Blacres. Vivió encerrado y así falleció. No tuvo hijos varones lo que hizo que sucumbiera aún más en el encierro y la soledad.
► Lenstien: príncipe de Norast y hermano de Sasterien. Conformaban el triunvirato luego de la alianza conformada por Alobio rey de Caratope, el rey de Blacres y el Rey de Norast.
► Rojo: el fundador, primer rey y estratega principal. Padre de Doni Rojo. Vivió muchos años.
► Sasterien: príncipe de Norast y hermano de Lenstien. Conformaban el triunvirato luego de la alianza conformada por Alobio rey de Caratope, el rey de Blacres y el Rey de Norast.

Lugares por orden alfabético
► Blacres: un poblado pacífico de trabajo, arte y música. Su ejército era pequeño y no contaba con glorias.
Caratope: la ciudad regida por Alobio.
► Norast: ciudad enorme que contaba con un ejército formado con armas, caballos y mucha historia, de guerras y batallas, de glorias y penurias.


ÍNDICE

CAPÍTULO I ► El inicio  | La historia inicial, los sucesos preliminares de la familia de Rojo, y su migración a las tierras que finalmente fueron su nación. Leer más...

CAPÍTULO II ► Los asilados | Rojo ideó como plan buscar a refugiados y aquellos que cuyas tribus fueron destruidas, para asilarlos en nueva tierra.  Leer más...

CAPÍTULO III Doni Rojo | El único hijo de Rojo, Doni Rojo, fue un guerrero extraordinario, un hombre enorme por sus dimensiones físicas, experto en la batalla, invencible y miembro de los 50.  Leer más...

CAPÍTULO IV El muro | Rojo sabía que la única manera de resistir el avance del rey Alobio y su ejército era construyendo una muralla, en parte natural y en parte de piedras y otro obstáculos creados en forma metódica para evitar su destrucción.  Leer más...

CAPÍTULO V El autoproclamado rey Alobio | Alobio se impuso a todos con fuerza, amenazas, robos y violencia, hasta finalmente lograr que la ciudad de Caratope le declare rey Leer más...

CAPÍTULO VI. Los primeros ataques. A Rojo le preocupara la construcción del muro, dado que con ello podía resguardar parte de la población, pero también estaba muy centrado en la producción de alimentos, a fin que los pobladores gocen de buena salud y de un gran crecimiento Leer más...

CAPÍTULO VII. La alianza del Rey Alobio con BlacresEl rey Alobio fue hábil para someter a sus vecinos, tras distintos y fuertes ataques a las villas cercanas y en son de supuestos forajidos, hizo que en principio se fortalezcan ayudas mutuas para contrarrestar la inseguridad reinante, pero luego poco a poco, cada una de las ciudades limítrofes pues no le quedó más camino que aliarse y de ese modo evitar posibles o futuras disputas innecesarias con Alobio y su incontrolable sed de poder Leer más...

Capítulo VIII. La ampliación del territorio de los RojosRojo comenzaba a observar que la población que inicialmente no comprendía más de dos o tres centenares de familias medianamente organizadas, de pronto se convirtió en una multitud de más de 8 mil personas, entre las que se incluían el pequeño ejército, los 2 mil más adiestrados en la lucha y los 50 especiales, llamados así por ser un grupo aún más selecto de guerreros, a cuyo cargo se encontraba la protección de Rojo y su familia. 




                                 
No olvides registrarte en: 
VOTAPUBLICA.COM
En Twitter: @votapublica 

martes, 28 de octubre de 2014

Rojo: El muro

Capítulo IV
El muro
Rojo contemplaba los trabajos realizados y veía el crecimiento de las obras convencido que ellas permitirían resistir cualquier ataque. La comarca tenía de por sí una ubicación natural privilegiada con una protección única del lado del río, pues los acantilados eran tremendas trampas mortales y no permitían acceso alguno por ese sector. Del este, prácticamente se habían abiertos zanjas enormes, se plantaron miles de árboles y enredaderas de las más tupidas, haciendo imposible el tránsito por esa zona. Solo unos pocos conocían algunos de los escasísimos senderos para el caso que tuvieran que huir de la ciudad. Pero el paso, incluso en esas sendas era muy peligroso y solo se podía hacer de a pie.
Era un orgullo para los pobladores lo que habían hecho del lado este, en cuanto a los grandes humedales y esas malezas y enredaderas con grandes y temibles espinas, imposibles de sobrepasar. Pero más orgullosos estaban del flanco oeste, pues la muralla perimetral estaba por sobre las rocas que bordean desde el río hacia el sur, por lo que elevar las murallas por encima de esas protecciones naturales mostraba la majestuosidad de su trabajo y dedicación. Tampoco existían accesos por ese lado. Nadie tenía la capacidad de traspasar esos muros, pues la altura misma de las colinas de piedra más el muro perimetral hacían imposible escalarlos.
El acceso principal se encontraba por ese lado oeste, un estrecho emboscado muy largo, perfecto para evitar un ataque de ese frente. Entre bosques y una pequeña brecha existente entre las rocas que provenían prácticamente en forma perimetral del río se abría una línea que lo utilizaban a veces como entrada y salida. Todo aquel que quisiera ingresar a la ciudad, de los muy pocos que lo habrían hecho, debían pasar varios kilómetros por el bosque muy espeso y la silueta de la senda era muy angosta, que únicamente permitía el paso de una carreta. Tránsito lento, pues la senda era perfectamente accidentada.
Luego antes de llegar a la puerta principal, un claro de unos 40 o 60 metros, donde se observaba con albor la angosta puerta ubicada exactamente entre el enorme muro. Tampoco tenía alguna altura dicho pórtico.
El muro que iniciaba desde el río, lado oeste de la ciudad, se asentaba sobre una colina también elevada, que iba perdiendo altura desde el norte, ubicación del río, hacia el sur. Pero a medida que la elevación natural perdía eminencia, la muralla creada por las manos emprendedoras de todos los pobladores, a través de piedra tras piedra, adquiría nuevamente un montículo infranqueable.
Lo más interesante de esas estructuras es que aún con muchos años de labor incansable, Rojo nunca se limitó a cargar una y otra vez otra hilera al muro, haciéndolo también indestructible, ante cualquier ataque de cañones u similares. El atalaya así tenía vista preferencial y fueron varios de los mejores arqueros puestos en esas franjas.
Primero de ese lado la ciudad contó con un muro de unos 60 centímetros, que años más tarde ya llegaba a 6 metros de espesor, lo que demostraba el temor que tenían sus creadores en cuanto a los ataques enemigos. La muralla sobre pasaba la puerta, y luego seguía hacia el sur.
Al sur seguía otro tipo de elevación natural, más empinados bosques, con protecciones esporádicas que creyó prudente Rojo reforzarlas. Las grandes plantaciones y parte de toda la ganadería se ubicaba en esas zonas de alta producción, por lo que sabía que teniendo protección por el lado oeste, norte y este, prácticamente el sur podía reforzar con murallas de piedras, bosques impasables y humedales provistos de muchos animales salvajes.
Rojo una vez intentó avanzar lo más posible hacia el sur, para conocer toda esa extensión, pero no pudo hacerlo. Al sexto día, en caballo, tuvo que abandonar el emprendimiento pues las montañas cada vez más empinadas le impedían. Descubrió así que la ubicación del poblado era inmejorable, pues ningún ejército de ese lado podría pasar por dichas montañas.

El muro fue avistado en varias oportunidades por los exploradores del rey Alobio. Al principio no se preocupaba por dichas construcciones, dándole la más mínima importancia al asunto. Con el tiempo sin embargo comprendió que los mismos se defenderían de futuros ataques, por lo que tampoco le dio mucha relevancia a la cuestión. No eran peligro para él, explicaba a su ejército, dado que eran defensas y no de combate. 






                                 
No olvides registrarte en: 
VOTAPUBLICA.COM
En Twitter: @votapublica 



Related Posts Plugin for WordPress, Blogger...