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martes, 17 de diciembre de 2013

Cuentos para niños: La ayuda recompensa

Aunque lejos de su hogar Mirplo caminaba rápidamente, un poco de prisa traía por miedo y desesperación, y otro poco, por las locas ansias de volver a casa.
Un viejo enemigo lo asechaba. Si bien el paso del perseguido era veloz y pretendía evadir el peligro, el ojo de un viejo explorador suplía de vez en cuando las distancias y las acortaba otro tanto su tenacidad. 
Mirplo había empezado esa difícil aventura, en busca de una hierba medicinal para su amigo, que se hallaba enfermo ya pasadas unas semanas y el médico dijo que lo único que aliviaría el padecimiento de su amigo era la hierba que encontró justamente a la altura de un monto reseco, lleno de piedras punzantes, pero que las sorteó hábilmente, luego del largo viaje. Ahora regresaba, contento por hallar la medicina, pero agobiado por un peligro muy riesgoso y un enemigo feroz a quien poco lo interesaría su misión. 
Pasó algunas pasajes que desconocía completamente, pero luego por fin encontró un arroyo que le era muy familiar, por lo que la respiración le volvió al cuerpo y su corazón otra vez latía normalmente.
Sin embargo no se percató que todo lo que temía se había posicionado al otro lado del arroyo y ni bien lo hubo pasado, se enfrentó con furia parando sorpresivamente a Mirplo, que nada ahora podía hacer para escapar. 
Fuertes dientes, grandes garras y una furia descontrolada del atacante se abalanzaron sobre Mirplo. Éste gritó y pidió clemencia y dijo, entre entre dientes:
- Por favor, hagas lo que hagas, llévate estas hierbas a mi amigo que se encuentra enfermo. 
El feroz devorador se inquietó por la extraña súplica y le respondió al instante preguntándole sobre lo que ha dicho, a lo que repitió la víctima su mismo deseo: "lleva esto a mi amigo".
Cayó en el interés el victimario de conocer un poco más de aquella historia, por lo que dio un leve golpe a su presa y siguió con el interrogatorio, a lo que Mirplo con mucho miedo respondía:
- Mi amigo enfermó, y necesita de estas hierbas para recuperarse. He viajado mucho hasta conseguirlas, y te ruego que las acerques pues la necesita. 
Entonces el feroz atacante nuevamente le preguntó: 
-¿Y quién te recetó estas medicinas?
-Fue un gran maestro, amigo del padre de mi amigo, a quien se le rogó para que atendiera al enfermo. El padre del que padece y el médico, son muy buenos amigos, de hace mucho tiempo y el médico acudió con presteza y ayudó a su amigo, dándole la receta que curaría a su hijo. 
Intrigado el devorador, le preguntó nuevamente, 
-¿Acaso me estás tomando el pelo?
A lo que Mirplo respondió, que no, y que le agradecería le dejara vivir para poder ayudar a su amigo. Y así fue. Aquel atacante vio en Mirplo que decía la verdad y además, que necesitaba ayudar a su amigo, que también estaba padeciendo aquella dolencia, por lo que lo liberó, no sin antes advertirle que la próxima no se salvaría. 
Mirplo regresó contento y feliz. Entregó la medicina y su amigo se recuperó muy rápido. Luego de un tiempo, aquel piadoso atacante se enteró que el enfermo era ni más ni menos que el hijo de uno de los mejores amigos de su padre, nunca se hubiera imaginado tal relación, pero por raro que parezca, aquella buena obra que realizó, tuvo su recompensa, pues su padre estuvo muy feliz que el hijo de su amigo se haya recuperado de su enfermedad.

lunes, 9 de diciembre de 2013

Cuentos para niños

La amistad con la hormiga 
Un día de mucho calor en abril, varios gusanos se reunieron para comer cerca de un viejo sauce llorón, que en ese tiempo no dejaba que ningún pájaro aventurero se acerque por la zona, por lo que podía considerarse el lugar bastante seguro. Mirplo, uno de los gusanos más gordos del grupo, estaba ansioso. Se movía de un lado para otro, y a cada instante levantaba su pesado cuerpo para mirar hacia el norte. Su amigo, Tiete, le preguntó, luego de un rato, qué acontecía. 
Mirplo no contestaba y solamente se limitaba a mirar su reloj. Luego de un rato, no aguantó la angustia y relató a sus amigos que estaba aguardando a una hormiga. 
Algunos lo miraron fijamente y no entendían qué acontecía. Otros no hicieron caso al comentario y se limitaron a seguir almorzando. Tiete sin embargo le increpó, y dijo en voz alta, 
- Qué ocurre amigo, cómo que una hormiga, en este lugar no vienen las hormigas, es peligroso para todos. 

Mirplo lo miró y le respondió, con los nervios y las ansias de la espera:
- No te preocupes compañero, todo está controlado. No traería ninguna desgracia aquí. 

De un momento a otro, y sin que nadie se diera cuenta, la hormiga estaba allí. Era una hormiga enorme, con sus antenas estaba muy atenta a la conversación y ya tenía claramente determinado cuantos estaban allí en el lugar, como también qué hacían y rutas de escapes posibles, por las dudas. 

- Amiga, -le replicó Mirplo-, te estuve aguardando hace rato. Necesitamos tu ayuda. 
La hormiga no respondió, pero asintió al saludo y se acercó con cautela a su anfitrión. Y efectivamente, existía en uno de los arbustos cercanos al sauce, un pequeño hoyo de los gusanos que hacía tiempo se hallaba obstaculizado por una rama del árbol, que impedía el acceso, y por más que los gusanitos intentaban removerla, era imposible para los mismos, existiendo también por dentro del agujero, otros amigos de los mismos que prácticamente habían quedado encerrados. 
La hormiga de un empujón quitó la rama, y no solo eso, sino que tiró la misma a una distancia suficiente para que no molestase nuevamente. Todos los gusanos miraban asombrados. No podían creer lo acontecido. 
La hormiga dio una vuelta, volvió a saludar a Mirplo y se retiró tan rápido como había llegado. 
De repente, todos los gusanos, los que estuvieron atentos, los que estaban comiendo, y aquellos que ni siquiera se interesaron, se acercaron a Mirplo y le cuestionaron lo acontecido, con mucho asombro. 
Mirplo se recostó en una hoja que estaba allí y replicó:
- La amistad es el mejor tesoro. Ni nuestras fuerzas hubieran hecho que esa rama se moviera de ese lugar, pero gracias a una amiga, pues ahora nos hemos liberado de la misma. Recuerden que no debemos juzgar a los demás por su apariencia o por su forma de ser, sino que debemos cultivar el respeto y la amistad con todos, pues la debilidad de unos a través de la amistad podría convertirse en fuerza para otros.
Todos estuvieron felices, contentos y habían aprendido a no juzgar a los demás y a cultivar la amistad con todos. 

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